La justificación de nuestro Proyecto Curricular
giraría en torno a un conjunto de cuestiones y de decisiones que podrían
aglutinarse en torno a las siguientes:
1. Educación democrática.
2. ¿Educar en valores democráticos o desarrollar la autonomía moral
del alumnado?
3. ¿Con qué valores democráticos se puede y debe comprometer la escuela?
4. ¿En qué sentido puede asumir la escuela la formación moral de su
alumnado?
Además, también debería abordar el siguiente dilema:
La educación en valores: situación específica o consecuencia de una
determinada forma de concebir y desarrollar el curriculum y de organizar
el centro.
Educación democrática
Una educación democrática, en el doble sentido de
educar para la democracia en la democracia, es a la vez
un fin y medio de la educación. En una sociedad democrática es una
obligación de las escuelas capacitar a los futuros ciudadanos para
poder participar activamente en la sociedad civil y política, lo que
implica cultivar aquellas virtudes, conocimientos y habilidades necesarias
para la participación política, precisamente porque queremos recrear
y profundizar colectivamente la sociedad que compartimos.
Pero la «democracia» se puede entender de muy diversas formas. Desde
una concepción «restrictiva», representativa o «mínima» (limitada
a garantizar formalmente la participación de todos los miembros en
la toma de decisiones); y una concepción «comprensiva», participativa
o «fuerte» de democracia (Cortina, 1993), que abarca más dimensiones
que la participación, para configurarse en una forma moral de vida.
En un sentido similar, Wilfred Carr (1993) ha distinguido, con razón,
dos modelos de democracia, aplicables a la democracia escolar: modelo
«mercantil» de democracia, y modelo «moral» de democracia. En el segundo
sentido, por el que apostamos, el modo moral de vida está constituido
por un conjunto de valores humanos fundamentales. La democracia no
es sólo un sistema político, sino la expresión como forma de vida
de los valores que la constituyen. Además prescribe normativamente
aquellos principios morales que conforman una sociedad democrática.
En este proyecto tratamos de primar más la dimensión de la democracia
como forma de vida, en lugar de un mero procedimiento para elegir
representantes que tomen decisiones. Y es que la democracia, como
expuso magistralmente Dewey en su Democracia y Educación, además de
una forma de gobierno, es un estilo moral y modo de vida comunitario:
«Una democracia es más que una forma de gobierno; es primariamente
un modo de vivir asociado, de experiencia comunicada conjuntamente».
Como señala el escritor hispanoamericano A. Uslar Prieti «No se enseña
democracia como una asignatura ordinaria, ni tampoco como un juego.
Deben aprender y sentir que la democracia es una manera de vivir.
Todos los maestros y todas las asignaturas son buenas para ese aprendizaje.
La escuela para ello debe volverse hacia el cultivo de la vida democrática
entre sus alumnos: enseñarlos a convivir, a cooperar, a respetar lo
diferente y lo contrario en los otros, a amar la libertad de los demás».
Este proyecto propone dos vías privilegiadas para la educación democrática:
(a) Enseñar, con la metodología y contenidos propios de cada nivel,
los valores propios de una vida cívica y democrática; y, para educar
a los ciudadanos en y para una sociedad democrática, (b) La escuela
debe estar organizada democráticamente de modo que permita la participación,
toma de decisiones, compromiso y puesta en acción de los valores democráticos.
No basta, como a veces se ha creído, que el centro tenga organizada
formalmente la participación por representantes, es preciso vivir
cotidianamente tales valores en la trama organizativa del centro.
Además de la representación y participación de los distintos sectores
en los Consejos Escolares, el aprendizaje de los valores democráticos
no acontece por la mera participación, si no se dan otros procesos
paralelos a generar desde el centro y la comunidad. Y es que como
señalaba Dewey más que una estructura formal ya dada, es algo
que se debe aprender en las relaciones diarias y a fomentar en la
vida cotidiana en el centro escolar y fuera de él. La noción de democracia
como forma de vida significa, como bien vio Dewey, ampliarla más allá
de la participación en determinadas instituciones. La democracia es
-entonces- un proceso, un modo de interacción entre los ciudadanos,
una vida comunitaria en todos los ámbitos. Esto implica que debe darse
una cierta congruencia entre el aprendizaje experiencial que el alumno/a
tiene fuera de la escuela y la creación de comunidades democráticas
en el centro escolar. Por eso, también el proyecto apuesta social
y políticamente por incrementar la participación de los ciudadanos
en todas las decisiones colectivas, por lo que la educación ética
y cívica no debe quedar recluida a los centros escolares.
¿Educación en valores o desarrollo
de la autonomía moral del alumnado?
Educamos para formar personas autónomas, aptas para
convivir en cooperación. Pero llegar a una autonomía moral es un largo
proceso, que sólo algunos adultos consiguen. Las teorías del desarrollo
moral explican que antes, en la niñez se pasa por aceptar
las normas porque son dadas por otros con autoridad, o en una
etapa posterior porque han sido convenidas o consensuadas por
el grupo social. Sólo posteriormente se puede ir más allá de lo convencionalmente
establecido, en función de unos principios éticos superiores.
Por eso, contra lo que durante algún tiempo se creyó, no se educa
para la autonomía considerando autónomos a los niños y niñas ya desde
la infancia. Es preciso, en primer lugar, socializarlos y enseñarles
a vivir aquellos valores deseables de la convivencia humana. Desde
diferentes frentes, en los últimos años, se ha destacado que la educación
de los ciudadanos requiere educar en valores, expresados en normas
y reglas de conducta, en modos que no impidan la autonomía posterior.
Entre estos factores que han contribuido a situar, de modo equilibrado,
la educación en valores democráticos y la autonomía, cabe destacar
brevemente los siguientes:
[1]. Desde la propia psicología se ha puesto de manifiesto que la
psicología piagetiana planteó que la autonomía podía alcanzarse ya
en las primeras edades. Piaget (1932) señalaba que el progresivo desarrollo
intelectual del niño, desde el inicial egocentrismo y heteronomía,
hacia una perspectiva de descentramiento, unido a las experiencias
sociales con grupos de iguales («pandillas» de amigos), van generando
el paso hacia una autonomía moral. Actualmente pensamos que los niveles
postconvencionales de Kohlberg (1992) son más bien un
constructo filosófico (ética kantiana), que la investigación empírica
no confirma. Y, en cualquier caso, el primer objetivo de la educación
moral debía ser consolidar el nivel convencional. Además, se han destacado
(por la ética feminista) la importancia de otros factores afectivos,
como el cuidado y preocupación por los otros, y no sólo la responsabilidad
y justicia.
[2]. En la última década, desde la filosofía moral y política,
se han descatacado las graves insuficiencias del liberalismo individualista,
heredado de la Ilustración. En efecto, un individualismo extremo hace
de la esfera privada un ideal normativo y un espacio de soberanía
individual, en la que las instituciones públicas no deben intervenir.
Pero lo que en su momento fue una defensa progresista de la libertad
de pensamiento se nos puede convertir en una rémora. Sólo cuando se
reconocen unos valores propios de una comunidad de vida, la educación
moral y cívica empieza a ocupar su lugar. Por eso, actualmente nos
encontramos con una fuerte reivindicación de una dimensión comunitaria
de la vida que incluiría como parte fundamental una educación cívica
en valores y actitudes.
Este herencia liberal ha dado lugar a la paradoja siguiente: reconociendo
la necesidad de que la escuela eduque en valores, se debe limitar/refugiar
sólo en el campo de lo formal (razonamiento, juicio, clarificación,
etc.), evitando entrar en la medida de lo posible en el
campo de los contenidos; y si lo hace sólo en aquellos en que por
su generalidad pueda haber un alto grado de consenso moral (derechos
humanos, justicia social, etc.). Así los dos modelos/estrategias más
fuertes en educación moral («educación moral evolutiva» de Kohlberg,
y sobre todo el movimiento «clarificación de valores»)
pretenden evitar entrar en contenidos morales específicos. Pero, una
educación en valores cívicos consiste justamente en enseñar hábitos,
virtudes públicas, y valores, que configuran la mejor tradición de
vida humana en común.
[3]. A lo anterior se une una fuerte demanda de que la escuela
pública reafirme su función educativa en valores, actitudes y normas
propias de una ciudadanía educada. El refugio en el saber objetivo
de cada una de las disciplinas para salvarguardar la posible inculcación
de valores de épocas pasadas se ha mostrado como una vana esperanza.
Frente a no querer intervenir para permanecer en una «neutralidad»,
cabe afirmar que los valores en educación son, pues, ineludibles.
Una educación libre de valores, como un cierto progresismo pretendió
(«ser objetivo» o «ser neutral»), no solo es prácticamente imposible
o indeseable, es una contradicción en los términos. Cada acción educativa
se sostiene en función de que asume, implícitamente, que algo merece
ser enseñado/aprendido.
En fin, nos encontramos recuperando, debidamente situadas, dimensiones
dejadas de lado en las últimas décadas, de lo que puede ser muestra
el libro de Fernando Savater «el valor de educar». Los adultos señala
Hannad Arendt (1996) en las últimas décadas han renunciado a
lo que es la esencia de la educación: la responsabilidad de introducir
al niño/joven en el mundo heredado. Educar, y ser educador, es asumir
la responsabilidad con respecto al mundo; y en ese sentido el maestro
es el representante de todos los adultos, que presenta e introduce
al niño/joven en las normas y valores que merecen ser conservados
y enseñados, no sujetas al arbitrio de cada uno. Su acción educativa
justo consiste en transmitir el mejor legado moral con que contamos,
que es el que le da autoridad.
Por tanto, hay evidencias de que para que los niños y niñas desarrollen
una forma autónoma de moralidad requieren un patrón congruente de
reglas desde los primeros años, respaldadas por la aprobación cuando
las cumplen. El problema de la educación en valores, decía el gran
filósofo de la educación Peters (1984) es que si en las primeras edades
no se puede aprender de modo autónomo la moralidad, es preciso emplear
«métodos no racionales», que sin embargo no impidan el
desarrollo moral autónomo posterior. «Es posible que la formación
de buenos hábitos morales en lo tocante a lo que he llamado reglas
morales básicas, por ejemplo, constituya una condición necesaria de
la moral racional. (...) Es preciso entrar en el palacio de la Razón
por el pasillo del Hábito y la Tradición. Esta es la paradoja de la
educación moral que enunciara tan bien Aristóteles en el libro II
de su Ética». Se trata, pues, de conjugar adecuadamente el control
de conducta y respeto heterónomo de normas en las primeras edades,
con posibilitar una progresiva autonomía y retirada de dicho control,
para ir capacitando al niño/a a actuar del modo deseado en un número
creciente de acciones, en ausencia de dichas normas o imposiciones.
Por tanto, en la actual coyuntura de herencia irrenunciable de la
modernidad de promover la autonomía moral, y las nuevas perspectivas
de (re)evaluación de modernidad tardía, de la necesidad de unos valores
comunitarios heredados de la mejor tradición, la respuesta es: educar
en valores, de un modo que no impida la posible autonomía moral posterior.
En estos casos, los docentes son conscientes de las contradicciones
inevitables del ejercicio cotidiano de la tarea educativa de la escuela,
al tener que irse construyendo dialécticamente entre reproducir los
actitudes e ideologías vigentes, como inevitable función socializadora
de la escuela, e inducir un sentido crítico y liberador para una autonomía
moral. Sin la recuperación de un sentido comunitario de la vida, y
el lugar de la educación dentro de ella, no es del todo posible una
acción educativa en este ámbito.
Educar en valores es, por una parte, ayudar a asumir las normas y
valores del grupo social; por otra, contribuir a pensar y tomar decisiones
por sí mismo. ¿Se debe pretender asumir las normas, conductas y valores
socialmente aceptados?, o, más bien, ¿promover actuar por convencimiento
propio interno, como expresión de un juicio moral autónomo?. Las teorías
de la socialización y del aprendizaje social explican el aprendizaje
moral especialmente en las primeras edades (familia y Educación Infantil,
Primaria), donde la influencia socioambiental e imitación de modelos
socialmente aceptables es mayor. Sin embargo en Secundaria, en que
el desarrollo cognitivo y las experiencias sociales han aumentado,
conviene primar el desarrollo del juicio y razonamiento moral, coherente
por otra parte con el enfoque psicológicoconstructivista
de las propuestas curriculares. El desarrollo integral de la personalidad
supone atender ambas dimensiones (desarrollo socioafectivo y cognitivo).
¿Con qué valores democráticos se
puede y debe comprometer la escuela?
En nuestra actual coyuntura, a falta de un consenso
ya dado sobre desde qué bases comunes educar, no siempre se tiene
claro ¿en qué valores educar?. Un proyecto curricular como
éste precisa delinear unas claves o mapa de valores que pueda servir
para planificar el curriculum debidamente reconstruido en función
de valores democráticos y solidarios. En primer lugar, hay unos valores
mínimos de una vida digna (paz, libertad, igualdad, justicia y
solidaridad) y unos principios de una vida en común (responsabilidad,
tolerancia, diálogo, honestidad, civismo, etc), de los que se derivan
normas, hábitos y actitudes (Pérez Tapias, 1996). En segundo lugar,
además de estos valores generales, se han unido todos aquellos que,
en un nuevo humanismo, nos preocupan en nuestro presente y futuro
inmediato (medio, salud y convivencia), en especial el derecho
a vivir juntos en un planeta sano, que recogen los «temas transversales».
Más específicamente, nuevas desigualdades surgidas en los últimos
tiempos, han destacado los problemas del racismo, género, y convivencia
entre culturas.
El pluralismo no debe ser confundido con un subjetivismo o relativismo,
es «compartir unos mínimos morales desde los que es posible construir
juntos una sociedad más justa, y en respetar, precisamente desde esos
mínimos compartidos, que cada quien defienda y persiga sus ideales
de felicidad» (Cortina, 1994). Como un bien público a cultivar,
el pluralismo refleja conjuntamente las diferencias entre las personas
como aquellos valores comunes que posibilitan la convivencia en el
espacio público. De modo similar, Victoria Camps, en numerosos escritos,
ha defendido que «no todo es negociable ni todo puede ser objeto
de discusión. Hay unos mínimos sin los cuales las palabras "justicia"
o "igualdad" carecen de sentido» (Camps, 1997: 531).
La base en que apoyarse en la acción educativa está en ese mínimo
común moral, que conforma los modos deseables de la vida en común.
¿Qué valores deben conformar una educación democrática? Estos
valores aparecen reflejados en la Constitución española, en las Declaraciones
Universales de Derechos, o en los principios generales por los que
se desarrollará la actividad educativa, en los artículos iniciales
de la LOGSE o la LODE, y en los objetivos generales de cada etapa
educativa. Todos estos valores proceden del humanismo ilustrado, a
los que se une el reconocimiento de la diversidad, en consonancia
con nuestra creciente condición intercultural. Por tanto, no se trata
tanto de «inventar» valores, cuanto de organizarlos en unos ejes,
configuradores de un cierto sistema y prioridades, que sirvan efectivamente
para orientar la práctica educativa.
En sus primeros desarrollos, este Proyecto ha intentado delimitar
unos ámbitos (socioeconómico, sociopolítico, sociocultural y sociopersonal)
que, a modo de ejes, pudieran configurar los núcleos globalizadores
de una educación democrática. Su delimitación precisa corresponde,
más bien, a la organización de contenidos, según cada ciclo y etapa
educativa. Vamos, a continuación, a destacar algunos de los valores
principales de cada ámbito.
[A] Sociopolítico: La educación de la ciudadanía.
Cabría considerar, si no como valor superior en una escala, sí como
base práctica (la «moral cívica») de los restantes, el comportamiento
«cívico». Contribuir a la formación de ciudadanos con una comportamientos
cívicos y responsables es considerar como objetivo de la educación
democrática capacitar a los futuros ciudadanos, conjuntamente, tanto
a ser individuos autónomos como a vivir con aquellas virtudes cívicas
necesarias para asumir y profundizar la democracia. En ese sentido,
educar para una aprender a vivir juntos es a la vez unos
modos aceptados de actuar, y una aspiración crítica de lo que debía
ser ejercer el oficio de ciudadano. Y es que, como dice Alejandro
Mayordomo (1998: 127), «la democracia supone libertad, ésta descansa
en la autonomía de unos ciudadanos con voluntad formada; pero una
y otra se completan en la construcción y aceptación de unos marcos,
con la vinculación a determinados valores e identidades comunitarias
que predisponen a compartir, a solidarizarse, a colaborar». Esta dimensión
cívica comprende un conjunto de derechos y deberes, una serie de comportamientos
cívicos, y un sistema de valores que de sentido a unos y otros. El
cultivo y promoción de las virtudes, conocimientos y hábitos necesarios
para la participación en la vida pública es un objetivo imprescindible
en la educación pública.
Por eso, la base de los valores democráticos se juega en el «civismo»,
pues cabe en sentido amplio y profundo entender que «la
democracia es la expresión política del civismo» (Camps y Giner, 1998:
115). Como la condición de «ciudadanía», el civismo incluye por
una parte el conjunto de comportamientos propios de una «buena»
educación, y por otro todos aquellos modos y valores (cultura
o êthos) que conforman la deseable convivencia ciudadana. En este
último sentido una educación cívica pretende contribuir a dinamizar
la vida de una democracia para no limitarse a un mero mecanismo. A
este respecto, conviene señalar, que la educación en determinados
valores (ambientales, paz, salud, consumo responsable, etc.) que se
deba hacer, tiene que asentarse en primer lugar sobre
la formación y educación cívica. El civismo de los ciudadanos
comprende todo aquello que hace posible una convivencia en el espacio
público. Se suele, con razón, señalar los déficits que arrastramos
en España en este terreno. Enseñar a respetar y a conservar los bienes
que son comunes, es decir públicos, por ser propiedad de todos, es
una de las primeras bases del civismo.
A este respecto, asistimos actualmente a un renovado interés por una
teoría de la ciudadanía (Bárcena, 1997; Cortina, 1997; Mayordomo,
1998), como base para una educación cívicopolítica y de la propia
convivencia ciudadana. Desde esta perspectiva, en último extremo,
la educación en valores se orienta a contribuir a formar ciudadanos
más competentes cívicamente y comprometidos en las responsabilidades
que entraña pensar y actuar teniendo presente la perspectivas de los
otros (actuales o futuros). Y en ese sentido se conjunta la educación
en valores y la educación cívica: cómo se ha de vivir en un mundo
compartido con otros. El objetivo de toda educación cívica es
capacitar a los sujetos con la «habilidad para ver cosas no sólo desde
el punto de vista personal sino también según la perspectiva de todos
los que están presentes» (Arendt, 1996, 233). A esto apuntan los llamados
«temas transversales»: unos ciudadanos con unas virtudes cívicas que
les hacen responsables poniéndose de lugar de los otros
en todo aquello que concierne a la vida pública o común. En torno
a este ámbito sociopolítico se agrupan todo el ámbito de la participación
social e individual, de acuerdo con los derechos humanos.
[B] Sociocultural: Educar en la igualdad, reconociendo las diferencias.
Un valor de la escuela pública es la igualdad de todos los alumnos
y alumnas, con medidas que favorezcan a los sectores más desfavorecidos
y marginados. En los últimos tiempos hemos aprendido como han
puesto de manifiesto el feminismo o interculturalismo que bajo
la educación «para» la igualdad se han anulado las diferencias. Por
eso es preciso reconocer que, entendida en su sentido genuino, la
igualdad no se opone a la diferencia, la incluye. Se ha de educar
«en» la igualdad, partiendo del reconocimiento de las distintas culturas
y género. El reto actual es, pues, conjugar el tratamiento y vivencia
igualitaria con el respeto de la diversidad sociocultural y diferencias
específicas.
El carácter comprehensivo (en el sentido de integrar, incluir)
de la escuela pretende que todos los ciudadanos (y particularmente
aquellos que están en situación de desventaja social, cultural, económica,
familiar, escolar o personal) alcancen determinadas capacidades y
contenidos que configuran el núcleo cultural básico. Pero este aspecto
se enfrenta, como suele decirse habitualmente, con diversidad
de alumnos (pertenecientes a distintos grupos culturales y socioeconómicos),
y además con diferencias específicas (discapacidades
o necesidades educativas especiales). Si bien la escuela no puede,
por sí sola, compensar tales desigualdades o diferencias, al menos
puede contribuir a contrarrestar los procesos de exclusión social
y cultural.
La escuela comprensiva es aquella que está abierta a todos alumnos
y alumnas, sin discriminación; además, enseña a «vivir juntos» en
cuanto se comparten unas normas y valores «comunes». Una «escuela
para todos», además de integrar la diversidad sociocultural y diferencias
individuales de los alumnos y alumnas, contribuye por tanto
a una socialización integradora: Aprender a vivir juntos, independientemente
de diferencias sociales, culturales, étnicas o religiosas. También
el respeto a las diferencias tiene otra dimensión educativa: inducir
un sentido de tolerancia e integración intercultural.
Esta meta es cada vez más acuciante ante los rebrotes de intolerancia
(xenofobia, racismo) que están surgiendo en los países europeos
con minorías étnicas, religiosas o ideológicas. La base de una convivencia
se asienta en la tolerancia, y es el centro escolar el primer ámbito
de convivencia de alumnos procedentes de diversos medios sociales.
[C] Socioeconómico: Justicia y solidaridad.
Entre los valores más generales que es preciso inducir a los alumnos
y vivir en el centro escolar están, sin duda, también el sentido de
justicia y, como contrapunto, la solidaridad. La justicia social permite
articular la libertad e igualdad, en la medida que el objetivo es
lograr el máximo de libertad dentro de una deseable igualdad. Por
eso inducir un sentido de rebelión frente a las injusticias forma
parte del ideal emancipatorio de la humanidad (Pérez Tapias, 1996).
Los derechos económicos y sociales forman parte de nuestra concepción
actual de la justicia, no limitada a una idea legalista. Esto obliga
a la exigencia de unas condiciones equitativas en la distribución
de recursos económicos, tratando de manera diferenciada a los que
están en situación de desigualdad.
Por su parte, la solidaridad es la cara personal de la justicia. Es
un valor emergente en la juventud, que es preciso cultivar desde las
primeras edades: compadecerse de los sufrimientos de los demás, ponerse
en lugar del otro, solidarizarse con los pueblos en desarrollo y con
los que carecen de las mismas oportunidades. Y llevado a las preocupaciones
actuales incluye también un desarrollo respetuoso con el medio ambiente,
y un consumo responsable.
[D] Sociopersonal: Educar para la autonomía y responsabilidad.
Una educación democrática se dirige, al tiempo, a promover la autonomía
moral. Educar para la autonomía es la otra cara de educar para la
libertad: capacidad del individuo para seguir sus propios principios,
sin la cual no cabe una ciudadanía educada. Ahora bien, esto es un
proceso progresivo, que comienza con socializar en las normas y modos
de vida del grupo. Siendo, entonces, el objetivo último, una educación
para la autonomía, los primeros estadios de desarrollo moral comienzan
con formar al ciudadano, en las costumbres, hábitos y formas de actuar
del grupo y comunidad de que forma parte. En esta línea hay un conjunto
de dimensiones a cultivar (autoestima e identidad personal, etc.).
La libertad tiene, entonces, su correlato en los correspondientes
deberes que configuran la responsabilidad. Ser responsable es también
ser autónomo, en la medida que se responde de los actos realizados
por sí mismo, siendo por ello capaz de responder y justificar
ante los demás lo que se ha hecho libremente. Es función de la educación
ir haciendo, desde las primeras edades, responsable al alumno de sus
propias acciones, que es asumir su propia libertad y autonomía. En
último extremo lo que queremos formar es a individuos que tienen criterios
propios que les permiten decidir, ante cada situación, lo que debe
hacer.
Un mapa de valores, en sí mismo, aún cuando tenga la virtualidad de
orientarnos sobre las líneas de acción, no nos lleva muy lejos, porque
por una parte los valores se viven como normas, cuya repetición
da lugar a hábitos, como disposiciones a actuar correctamente. Unido
a lo anterior, la educación democrática como forma de vida
se juega en los «cómo». Por eso no cabe una vía exclusivamente curricular
para la educación moral, también la organizativa o institucional tiene
que adquirir toda su relevancia. Los valores democráticos, como decía
Freinet (1975), no son contenidos, sino algo que se tiene que vivenciar
implícito en los distintos modos de hacer y proceder. En cualquier
caso ambas (curricular e institucional) están relacionadas; lo que
queremos resaltar es que, además de los valores que tienen una presencia
curricular explícita «en» la escuela, están los valores «de» la escuela,
vividos implícitamente, y más allá los valores de la propia
comunidad social y política.
¿En qué sentido puede la escuela
asumir la formación moral de su alumnado?
Educar en valores hoy no concierne sólo a los educadores
y profesorado, porque el objetivo de una ciudadanía educada es una
meta de todos los agentes e instancias sociales. Como señala Victoria
Camps (1988: 73) «que caiga todo el peso y la responsabilidad de la
educación sobre los profesionales de la enseñanza es una injusticia
y una muestra de la escasa corresponsabilidad social. También es cierto,
sin embargo, que para corregir y cambiar esa dinámica alguien tiene
que empezar y dar el primer paso». Y en ese alguien primero, sin duda
la escuela tiene por naturaleza un papel irrenunciable.
Siendo conscientes de estos problemas, tampoco lleva muy lejos (excepto
a la inacción) echar la culpa a las estructuras o a componentes extracurriculares,
pensando que hasta que éstas no cambien poco cabe hacer. Hoy sabemos
que el dilema no está en «cambiar la sociedad para cambiar la escuela»
o viceversa, sino en su mediación mutua. El cambio educativo depende
de lo que los profesores piensan y hacen, y cada uno desde su
lugar ha de empezar a actuar. Sin una asunción plena de lo que
está en poder del profesorado, mayor aún cuando la acción es colegiada,
y también de la responsabilidad ineludible que como docentes
se tiene, no cabe dar pasos en la dirección deseada.
Pero para no hacer de esta educación una «isla», que quede absorbida
por los valores dominantes fuera, requiere una comunidad que
pueda inducir un proceso de socialización moral congruente. No es
posible ignorar el protagonismo de los otros agentes formativos que,
en ocasiones, actúan en contra o, cuando menos, merman el potencial
educativo. Por eso, en lugar de limitar la acción escolar espacial
y temporalmente, se trataría de crear «entornos de ambientalización»
de la transversalidad en el centro escolar, como acción conjunta compartida,
pero también mediante su implicación en la comunidad en
la que se vive y educa. La educación moral y cívica requiere la construcción
de una comunidad educativa que pueda inducir un proceso de socialización
congruente. Sólo reconstruyendo una comunidad (en el centro escolar
en primer lugar, y más ampliamente en la comunidad educativa) cabe
con sentido una educación moral, en prácticas del bien socialmente
reconocidas. Sin la recuperación de un sentido comunitario de la vida,
y el lugar de la educación dentro de ella, no será completa la acción
educativa en este ámbito. Es lo que Tedesco (1995) llama el «nuevo
pacto educativo», pacto al que aspirar, pero a lograr muy parcialmente
articulando lo que está a nuestro alcance.
Por eso mismo, demandar que todo el currículum y la acción conjunta
del centro esté impregnado de valores morales y cívicos, siendo en
nuestro momento una apuesta necesaria, y en muchos
casos, ineludible es, sin embargo, fuertemente problemática.
Así, cuando se reconoce que esta tarea no puede ser exclusiva de la
escuela y de sus maestros y profesoras, para no atribuirles una responsabilidad
que no les pertenece en propiedad, paralelamente se está requiriendo
compartir esta función con la implicación directa de los padres y
de la llamada «comunidad educativa». Por eso, para no cargar a la
escuela con nuevas responsabilidades que incrementen la insatisfacción
y culpabilidad, la demanda de educación en valores debe también servir
para que los docentes recogiendo, sin renuncia, la importante
labor que en este terreno les corresponde recuerden a los demás
agentes educativos y socializadores lo que no deben olvidar: que es
siempre una tarea compartida, y que no cabe pedir a la escuela que
resuelva del todo aquello de lo que ellos se inhiben o rehuyen. De
lo contrario, estaríamos conduciendo la situación a que, si en otros
momentos se criticaba al sistema escolar por no adecuarse al mundo
laboral, ahora una forma de responsabilizar a la escuela de nuestros
nuevos problemas es decir que la escuela no educa suficientemente
bien.
La apelación a que la escuela eduque en dichas dimensiones no puede,
entonces, convertirse en un recurso instrumental por el que se delega
en los centros educativos determinadas demandas y aspiraciones sociales
que, en realidad, tienen su origen y lugar en un contexto social más
amplio (extraescolar), por lo que también debe ser acometidos en estos
otros ámbitos sociales e instancias más poderosas (medios de comunicación,
estructuras de participación política, valores familiares, etc.),
acometiendo acciones paralelas. Si no se desea generar expectativas
sociales infundadas de que todos los problemas se van a ver resueltos
con la sola acción educativa, dejando a los docentes con una grave
responsabilidad, se debe implicar (también por los propios centros
escolares) a estos otros agentes sociales (y educativos).
La capacidad educadora y socializadora de la familia, desde hace tiempo,
se está eclipsando, sufriendo una fuerte erosión los procesos socializadores,
por lo que la tarea educativa acumula aspectos que antes podían quedar
relegados. Pero ni la escuela es el único contexto de educación ni
sus profesores y profesoras los exclusivos agentes de cambio social
y moral, al menos la familia y los medios de comunicación (particularmente
la televisión) desempeñan un importante papel educativo en este ámbito.
Ni se puede cargar a la escuela con toda la responsabilidad educativa,
ni echar todos los males a la familia o televisión. Empezar a arreglar
los asuntos es intentar, cada uno en su ámbito, implicar a otros en
la tarea educativa.
Siendo, entonces, conscientes de los graves problemas didácticos
y sociales que tiene, en las actuales condiciones sociales y realidad
interna de los centros, llevar a cabo una educación en valores; se
requiere para empezar un amplio apoyo en materiales y
acciones formativas de los profesores, rediseñar los espacios organizativos
y laborales en los centros para llevar a cabo las acciones colegiadas
que se proponen, y más prioritariamente dignificar
socialmente la función docente y de la escuela, tan falta de reconocimiento
y apoyo social en los últimos tiempos, sin cuya autoridad moral su
mensaje y tarea no será del todo creíble. Estos nuevos propósitos
del currículum deben conexionarse con la realidad interna de los centros,
el desarrollo profesional de los profesores y con la función social
de la escuela. De lo contrario, se podría acentuar paradójicamente
la propia insatisfacción con el sistema escolar, y en primer
lugar con sus profesores y profesoras, lo que en de ningún
modo es el mejor camino para el compromiso y la mejora. La insuficiencia
de la sola acción escolar para una educación éticocívica, si
queremos ir lejos, exige actuar paralelamente en esos otros campos
e instancias. No se puede acudir a los centros educativos con una
misión de «apagafuegos», imposible de satisfacer.
Asumir aisladamente la tarea educativa, ante la falta de vínculos
de articulación entre familia, escuela y medios de comunicación, es
una fuente de tensiones, malestar docente y nuevos desafíos. A riesgo
de hacer de la educación una parcela aislada de la vida no es posible
ignorar el protagonismo de los otros agentes formativos que actúan
como decía Bruner de «antiescuela», en la medida que hacen
de competidores de la acción educativa de la escuela: medios de comunicación,
(des)educación cívica dominante, (contra)valores hegemónicos en sociedad
actual. Esto hace a la escuela especialmente vulnerable, viéndose
seriamente mermado su potencial educativo. De ahí la necesidad de
actuar paralelamente en estos otros campos, para no hacer recaer en
ella responsabilidades que también están fuera.
Nos encontramos con que los medios de comunicación, particularmente
la TV, se está convirtiendo en la primera agencia transmisora de actitudes
y valores. Pero éstos presuponen una formación moral y cultural previa,
que capacite para poder elegir de modo autónomo los mensajes en circulación.
Debido a que no está dada por los propios medios, la escuela paralelamente
debe intervenir en la configuración de esa capacidad crítica reconstruyendo
los mensajes dispersos y fragmentados que reciben.
Esto hace que existan graves discontinuidades normativas entre los
contextos escolares y sociales de vida cotidiana. Las alumnas y alumnos
reciben mensajes, a menudo, contradictorios entre la escuela, la familia,
el grupo de amigos y los medios de comunicación. Así, mientras la
escuela transmite unos determinados mensajes, al salir del centro
en casa frente a la televisión se ven reflejados unos
héroes que representan justamente los valores contrarios. De este
modo, la potencialidad que puedan tener los mensajes curriculares
y la experiencia escolar se va a ver incrementada o minisvalorada
según su compatibilidad con los de otras instituciones sociales y
experiencias que los alumnos/as puedan tener fuera del medio escolar.
A veces resulta difícil luchar contra los mensajes y vivencias de
la calle, casa o lugares de trabajo.
***
Las reflexiones anteriores pretenden, en último extremo,
oponerse a reducir la educación moral a una función preventiva, como
un recurso instrumental por el que se delega en los centros educativos
determinadas demandas y aspiraciones sociales que, en realidad, tienen
su origen y resolución prioritaria en un contexto extraescolar. Una
tendencia general de los cambios educativos en nuestro siglo en los
países occidentales ha sido actuar como sucedáneos de cambios sociales
más amplios, que debieran ser acometidos primariamente en dichas esferas
sociales en lugar de limitarlas a la propiamente escolar. Como se
ha dicho, con una analogía ingeniosa, cuando la sociedad sufre una
picadura, se rasguña en las escuelas. Hemos mostrado en qué grado
la educación en valores y temas transversales tienen su origen en
unos espacios socioculturales de constitución más amplios, que los
sobredeterminan; pero también por qué son una responsabilidad educativa
ineludible.
En cualquier caso, la educación moral no puede justificarse sólo como
un instrumento para resolver problemas sociales. Tanto porque hay
valores, presentes en nuestra tradición, como porque toda educación
es una actividad moral, es lo que justifica y da sentido a la educación
en valores. Y sobre todo la pérdida del papel tradicional
de la escuela como agencia hegemónica en la transmisión de información
obliga a resituar su función educativa al filo del comienzo del tercer
milenio. Contribuir a que la escuela pueda proporcionar la reconstrucción
de los múltiples mensajes, informaciones, actitudes y conductas, dispersos
y contradictorios, en que está envuelto el joven en nuestra sociedad,
bien pudiera ser una función de la educación formal en la sociedad
actual.
La educación en valores:
Situación específica o consecuencia de una determinada forma de concebir
y desarrollar el curriculum y de organizar el centro.
Este dilema creemos que se plantea más por la situación
actual que viven la mayoría de nuestras escuelas que por la existencia
de diferencias de enfoque. Es decir, como es muy difícil, por no decir
imposible, abordar la educación en valores como una forma de
concebir y desarrollar el curriculum y de organizar el centro, entonces
nos dedicamos a idear situaciones de enseñanza y aprendizaje específicas,
concretas y aisladas. Pero somos conscientes que esa segunda opción
no es la adecuada, aunque en muchas ocasiones es lo único que se puede
hacer. Y, ante el dilema de hacer eso o hacer nada, optamos por lo
posible.
Las situaciones específicas son aquéllas en las que el profesorado,
habitualmente aislado, trabaja con su alumnado un valor concreto en
un momento determinado mediante unidades didácticas, actividades específicas,
tutorías, etc. La concepción que subyace a esta forma de entender
la educación en valores, es que son contenidos específicos
y autónomos que se pueden enseñar al margen de los demás contenidos
del curriculum. No vamos a insistir en lo erróneo de este planteamiento
porque creemos, como ya hemos indicado, que es más una consecuencia
de las condiciones de trabajo de los centros y de la cultura profesional
y organizativa imperante, que una decisión libremente adoptada.
En todo caso, se pueden señalar los principales argumentos que avalarían
nuestra crítica:
- La enseñanza de cualquier contenido (conceptual
o procedimental) lleva implícita una determinada actitud, o genera
una valoración por parte del alumnado, que cuando es positiva
facilita, en cuanto motivadora, el propio aprendizaje del contenido.
Lo que ocurre es que este componente moral o actitudinal se puede
ocultar u obviar, o se puede explicitar y asumir. Hasta la fecha,
los currículos oficiales lo ocultaban; a partir de la implantación
de la LOGSE, se explicitan.
- Las actitudes, valores y normas como contenidos-, que es
como se presentan los valores en el currículo oficial, se refieren
tanto a aquéllas que tienen que ver con la elaboración de los conocimientos
de cada área o campo de conocimiento, como a las vigentes o deseables
en nuestras relaciones sociales (Bolívar, 1992). La distinción de
campos de contenidos (conceptos, procedimientos y actitudes) sólo
tiene un valor didáctico: indicar campos de actuación docente y
de planificación sobre los que es necesario incidir en la enseñanza,
al tiempo que modos diferenciados de procesos de enseñanza y aprendizaje
y de evaluación.
- Las actitudes y valores no son el tercer tipo de contenidos
que acompaña a los conceptuales. Se puede, y esa es una de las propuestas
de este documento y del Proyecto en el que estamos trabajando, reconstruir
la selección cultural y presentación de los contenidos a partir
de las actitudes y valores, lo que demuestra como mínimo que tienen
la misma importancia que los otros dos tipos de contenidos. Así
por ejemplo, el desarrollo de valores y actitudes relacionados
con la ecología y defensa del medio ambiente en el alumnado,
nos permite organizar el proceso de enseñanza y aprendizaje desde
el punto de vista de los valores porque también tienen una dimensión
conceptual (conocimiento de los componentes de un ecosistema y sus
interrelaciones) y de procedimiento (cómo investigar dichos componentes;
qué hacer ante una acción de deterioro del medio; etc.).
- La moral es como la gramática. Podemos conocer perfectamente
las reglas pero ser incapaces de aplicarlas en la vida diaria. La
moral no se enseña, se vive. Es hoy una necesidad crear un medio
humano, donde el niño se habitúe a actuar como hombre y como ciudadano
(Freinet, 1975). Por ello, un verdadero compromiso con la educación
en valores exige que todo el espacio educativo (aula y centro)
en el que se escolariza al alumnado ofrezca un conjunto coherente
de experiencias de aprendizaje que constantemente incida en la construcción
de esos valores.
Por todo ello, la educación en valores sólo puede
ser consecuencia de una determinada forma de concebir y desarrollar
el curriculum en el aula y en el centro, así como de una peculiar
forma de organizar la escuela.
Así, el curriculum, más allá de consideraciones de tipo técnico, es
la traducción escolar de una propuesta cultural que tiene como eje
central los valores democráticos y, por tanto, pretende una educación
democrática. Ese tipo de curriculum debería ser coherente con algunos
principios característicos de un «un curriculum democrático», y, a
la vez, ofrecer unos criterios básicos y claros a la hora de decidir
acerca de los principales elementos y procesos (¿qué finalidades persigue?,
¿qué contenidos debería incluir y cómo organizarlos?, ¿cómo se va
a desarrollar la enseñanza?, ¿cómo vamos a evaluar los aprendizajes?).
Y esta es, sin duda, la tarea que se propone nuestro Proyecto, de
la que, a continuación, ofrecemos una primera aproximación.
¿Qué entender por «curriculum democrático»?
Para concretar la propuesta de curriculum democrático, desde
el punto de vista de su carácter y naturaleza, vamos a adoptar los
siguientes principios formulados por Ashenden, Blackburn, Hannan y
White, (1984): común, cooperativo, útil, inclusivo, práctico, realizable,
reflexivo/crítico, moral, planificado y coherente.
El primero de ellos, común, se refiere al carácter del
curriculum. Según este principio, todo el alumnado desarrolla su aprendizaje
dentro del mismo marco curricular de referencia. Cualquier alternativa
ha de ser equivalente y no debe suponer, en ningún caso, diferencia
de calidad.
Los demás principios tienen que ver con la naturaleza del curriculum,
aunque los que hacen referencia a la cooperación, utilidad, inclusividad
y practicidad también tienen que ver con la selección cultural
y el modo que debe organizarse, enseñarse y evaluarse. Comentemos
brevemente qué se quiere decir con cada uno de ellos:
Cooperativo: debe estar más basado en la
cooperación que en la competitividad;
útil: debe ofrecer al alumnado aprendizajes relevantes para
relacionarse con la sociedad. Además, lo que se aprenda debe ser
duradero;
inclusivo: debe reflejar la pluralidad cultural de la sociedad.
Esto significa que hemos de asegurar la presencia de todas las culturas
presentes en la sociedad tanto en razón de las clases sociales,
como de los subgrupos que normalmente quedan marginados de la consideración
hegemónica de la cultura: mujeres, etnias, religiones, etc. ;
práctico: la selección cultural que realiza el curriculum
no debe regirse principalmente por el formalismo abstracto, aunque
debe contemplar conocimientos alejados en el tiempo. En este sentido,
su característica básica sería una adecuada y equilibrada combinación
de la realidad y la reflexión sobre esa realidad, permitiendo un
mejor acercamiento de todo el alumnado al conocimiento que se trata
de enseñar;
realizable: lo que se incluye en el curriculum ha de poder
ser aprendido por todo el alumnado, de forma que no se convierta
en una carrera de obstáculos que va dejando en el camino a la mayoría
ejerciendo sobre todo su selección, en lugar de colaborar a su desarrollo;
reflexivo: porque debe mostrar el conocimiento como algo
vivo, criticable y en relación con campos concretos de significado,
y no inerte, dogmático y abstracto;
moral: El conocimiento tampoco es neutral. El curriculum
debe mostrar la cultura en relación con conceptos éticos: bondad,
maldad, justicia, solidaridad, etc.
Estos principios son esenciales para que un curriculum
pueda considerarse democrático. Son de un calado ideológico muy importante
y, desde mi punto de vista, críticos en la construcción de esa cultura
democrática de la que hablamos.
Coherente: El curriculum debe contribuir
a la acumulación progresiva del conocimiento del alumnado, por tanto
su estructura debe colaborar a ese proceso y mostrar que el conocimiento
humano crece y se construye y planificado: si queremos que
el curriculum pueda ser debatido públicamente debemos asumir la
necesidad de su planificación y su conocimiento por todos para asegurar
que todos el alumnado va a tener las mismas posibilidades de desarrollo.
Estos dos principios son de carácter más técnico y,
según las tareas de planificación encomendadas a los centros tras
la promulgación de la LOGSE se deberían desarrollar a través del Proyecto
Curricular de Etapa.
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