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PROYECTO ATLÁNTIDA - Proyecto Curricular
«ESCUELA y VALORES DEMOCRÁTICOS» FEDERACIÓN DE ENSEÑANZA DE CC.OO. Marzo, 1999. |
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| CAPÍTULOS: -Introducción 1-Marco Teórico 2- Finalidades 3-Contenidos 4-Metodología 5-Evaluación 6-Organización -Bibliografía -Anexos | ||||||||||
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INTRODUCCIÓN |
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| La
escuela actual está cada vez más lejos de poder dar respuesta a las
necesidades sociales y a las de los ciudadanos. Los cambios que la rodean
están superando poco a poco su capacidad de adaptación, va quedando
como una institución obsoleta y su elevado presupuesto se hace cada
vez más difícil de justificar para los resultados que obtiene. Sin embargo, esta situación se puede invertir en la dirección de recuperar el papel de la escuela como institución socializadora por excelencia, al tiempo que con una cierta capacidad para la transformación de la sociedad. Para que esa inversión ocurra hace falta repensar muy bien ese papel socializador-transformador. Y una de las primeras y más urgentes tareas es, sin duda, ofrecer alguna alternativa a la cuestión ¿qué debe enseñar la escuela?, es decir, qué tipo de cultura debe ofrecer a los alumnos y alumnas que en ella aprenden, qué finalidad debe perseguir ese aprendizaje, qué elementos culturales son más relevantes para actualizar ese papel. Este trabajo pretende aportar algunas ideas para el debate en torno a esa cuestión central y todas las demás que genera. Somos conscientes de la complejidad del tema porque las respuestas exigen un amplio consenso político y social acerca de otros asuntos que las determinan y las transcienden. Nos referimos, por ejemplo, al modelo de sociedad que perseguimos. No es suficiente con calificarlo de democrático porque cada grupo, clase, etc., entiende por democracia cosas diferentes. Desde a quienes sólo les interesa la democracia como modelo de gestión política, con sus variantes más o menos participativas, y articulada en torno a los valores clásicos que han caracterizado al liberalismo y a sus reediciones actuales (individualismo, competitividad, desarrollismo, jerarquización, etc.); hasta quienes pensamos que la democracia es un modo de vida, definido por unos valores que afectan a todos los ámbitos sociales y personales. Como ya dijera un ilustre político de la transición, una democracia social, política y económica, a la que añadiríamos la identidad personal. Una democracia que adquiere su pleno sentido como forma de emancipación y se plasma en valores tales como la solidaridad, la cooperación, la justicia, la tolerancia y el desarrollo sostenible. Es obvio que la versión de democracia que en cada momento vivamos va a depender de la correlación de fuerzas no sólo en nuestro país, también en Europa y Occidente. Por tanto, la tarea es compleja, lenta y difícil. A todo ello habría que añadir, no podía ser de otra manera, el componente estrictamente pedagógico. Es decir, la misma polémica social y política que rodea a la escuela se reproduce en su interior. Las comunidades educativas, y especialmente el profesorado, trasladan a la escuela, consciente o inconscientemente, esa diferente visión de la democracia, generando una situación tan confusa que en estos momentos es difícil responder con claridad y contundencia a las decisiones básicas que determinan la naturaleza misma de la escuela y del curriculum. Desde nuestro punto de vista, la escuela, el sistema educativo, tienen que abandonar posiciones ilustradas que la han llevado a instalarse en una finalidad exclusiva y acríticamente socializadora; básicamente transmisora de conocimientos validados por la ciencia y útiles para la ciencia; con una visión dualista del ser humano: cognición vs. afectividad, optando por el desarrollo únicamente cognitivo y despreciando las emociones; con una imagen del conocimiento excesivamente reproductivo y no tanto reconstructivo o descubridor, seguramente porque también impera en la cultura escolar la lógica de la contrastación, no la del descubrimiento. También se ha instalado en una asepsia moral y en una falta de compromiso social, que sólo beneficia al status quo. Por el contrario, debe recuperar visiones más holísticas tanto del conocimiento como del ser humano; más críticas con la sociedad para poderla transformar; más comprometidas con la sociedad. La escuela tiene que dejar de ser la institución donde no se puede hablar de ciertos temas para convertirse en la plaza pública donde todo se discute y se valora. Todo ese proceso de transformación de la escuela se concreta en la construcción de un curriculum y de unas condiciones organizativas que den respuesta a esas visiones alternativas. La tarea es inmensa y requiere tiempo y paciencia. Pero esa inmensidad sólo debe ser un estimulo para abordarla y no debe ejercer un efecto paralizante. Una forma de afrontarla es seguir el principio de la parsimonia que tantos beneficios ha aportado a la investigación científica. Es decir, identificar los problemas, establecer programas para ir resolviéndolos poco a poco, adaptar la complejidad de las tareas a las posibilidades reales de solucionarlas, etc. Antes de centrarnos más detenidamente en las cuestiones o dilemas sobre los que construir una propuesta educativa y curricular coherente con lo anterior, creemos necesario plantear una reflexión previa y quizás obvia, pero necesaria: la reconstrucción del curriculum en torno a los valores democráticos, ¿es una respuesta válida al problema que nos ocupa?. Desde nuestro punto de vista, la respuesta a esta pregunta es un sí rotundo. No queremos decir con ello que no existan otros modos. Sólo afirmamos que la vía de la reconstrucción curricular en torno a los valores democráticos es adecuada. Los motivos que avalan esa afirmación son de distinta naturaleza y las cuestiones que plantearemos después abundan en ello. Ahora quisiéramos destacar algunos argumentos más globales. Cuando hablamos de valores democráticos nos estamos refiriendo a un conjunto de valores que constituyen la base de la educación integral de los ciudadanos. Así, no sólo estamos pensando en un listado de valores más o menos estructurado, sino también en el conjunto de aprendizajes que se derivan de ellos y en sus implicaciones para la enseñanza. Por otra parte, un curriculum centrado en valores ofrece a los procesos de enseñanza y aprendizaje escolares un marco de referencia mucho más abierto y relacionado con la sociedad. Permite que se aborden cuestiones importantes tanto individual como socialmente. Facilita que los aprendizajes resulten útiles para participar en la sociedad y desarrollar la autonomía personal. Además, favorece la implicación de la escuela en los problemas que preocupan a la sociedad y a los ciudadanos, en lugar de eludirlos en aras a una pretendida neutralidad, que no es otra cosa que la imposición de la subjetividad de la cultura hegemónica en cada sociedad. Los espacios que tradicionalmente establecen las diciplinas científicas, e incluso las áreas curriculares, para el aprendizaje y la enseñanza, están excesivamente limitados por, y encerrados en, su propia lógica (la lógica de las diciplinas científicas) y ofrecen pocas posibilidades de apertura a la sociedad, es decir, a los problemas que la sociedad y los ciudadanos tienen. Y esa conexión con lo que ocurre fuera de la escuela es indispensable para construir una cultura democrática, además de motivar al alumando que la ha de aprender. Otro argumento tiene que ver con los criterios desde los que plantear la evaluación. Podríamos decir que el aprendizaje, evaluado desde criterios derivados de los valores, ofrecería una perspectiva bien diferente de lo que se consideran buenos resultados. Una cultura construída en torno a valores democráticos, permite incorporar elementos (costumbres, actitudes, habilidades, capacidades, etc.) menos jerarquizante y clasistas que la cultura académica actual. Por último, un curriculum como el que proponemos es el único que permite un tratamiento adecuado, es decir, justo, de la diversidad. Los curriculos tradicionales sólo están al alcance de una minoría caracterizada por asumir como propia la cultura dominante, básicamente intelectual y urbana ([1]). Sin embargo, el resto de la población, que cuantitativamente es la mayoría, está al margen de estos parámetros. Su desarrollo intelectual no le permite alcanzar los niveles de abstracción del conocimiento científico, no participan de la cultura dominante, más bien su cultura excepto minorías étnicas, que merecerían otro tipo de consideracioneses manual y suburbial o rural. Creemos que estos argumentos son suficientes para justificar la propuesta que constituye un curriculum centrado en valores democráticos como alternativa a lo que representa actualmente la escuela. Y no sólo porque es más valioso desde el punto de vista cultural y más justo socialmente. También porque su desarrollo exige una institución como la escuela pública, por lo que desde esta perspectiva, sería insustituible por ninguna otra agencia educativa. El Proyecto Curricular que presentamos se estructura en torno a los siguientes apartados:
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